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Boletín Hijos del Reino

Segunda parte-El gran tropiezo

Pero, ¿qué tal si...? -- Capítulo 9

Si usted es como la mayoría de los cristianos, todo este concepto de la no resistencia y de amar a nuestros enemigos es probablemente nuevo para usted. Y tal vez pueda estarse diciendo: “Sí, ¿pero qué tal si…?” Entonces, permítame mencionar algunos de los “Sí, ¿pero qué tal si…?” y otras preguntas que usted pueda tener.

Pregunta

¿Qué tal si alguien entrara en tu casa a robar y estuviera a punto de hacerle daño a tu esposa e hijos? ¡Seguramente no te quedarías allí parado y le permitirías que lo haga!

Naturalmente, esta pregunta se aprovecha del fuerte instinto protector que los hombres tienen hacia los miembros de su familia. Pero la respuesta que un ciudadano del reino debe darle a esa pregunta es la misma que le daría a cualquier otra pregunta que tenga que ver con violar los mandamientos de Jesús. Permítame preguntarle: “¿Qué tal si su gobierno le pidiera que niegue a Jesucristo y que ofrezca un holocausto a Satanás; de lo contrario ellos violarían a su esposa y matarían a sus hijos? ¿Qué haría usted?” Para un ciudadano del reino, la respuesta es muy clara. Jesús ya nos ha dicho que si amamos a nuestros familiares más que a él, no podemos ser sus discípulos. Y él también nos ha dicho: “Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10.33).

Ahora bien, ¿qué tal si, en lugar de negar a Cristo, mi gobierno me ordenara asesinar al vecino de la casa de al lado o violar a su esposa? Y si no lo hiciera, ellos les harían daño a mi esposa e hijos. ¿Sería diferente que negar a Cristo y ofrecer un holocausto a Satanás? En un caso, estaría negando a Cristo con mi boca. En el otro, lo negaría por medio de mis actos.

¿Qué tal si un gobierno extranjero me ordenara lanzar una bomba sobre una ciudad de mi país o asesinar al presidente; de lo contrario ellos les harían daño a mi esposa e hijos? ¿Qué debo hacer? Creo que la mayoría de personas permitirían que les hagan daño a sus esposas e hijos, y hasta que los maten, antes que traicionar a su país.

Así que, ¿en qué se diferencia la situación cuando se trata de la lealtad a Jesús? Las enseñanzas de Jesús sobre la no resistencia son muy claras. Es un asunto de negarlo a él o negar a mi familia. En verdad, es una elección muy difícil, pero yo ya hice esa elección cuando le entregué mi vida a Cristo.

¿Quiere esto decir que yo no haría nada para proteger a mi familia? Por supuesto que no. Ya he hecho lo mejor que pude haber hecho para asegurar su seguridad: He confiado mi hogar y mi familia al cuidado y la protección de Jesús. Y no se trata de una confianza ingenua. Hay decenas de miles de otros cristianos del reino de Dios que han cambiado sus espadas por arados y han puesto la seguridad de sus familiares en manos de su Rey. Y aunque Jesús no ha prometido que nunca les sobrevendrá ningún perjuicio a nuestras familias, puedo decir esto: que, excepto en tiempos de persecución religiosa, es muy raro que las familias del reino de Dios sean perjudicadas por delincuentes comunes.

Un ejemplo que viene a mi mente es el encuentro del peligroso delincuente fugitivo Stephen Roy Carr, con una familia menonita no resistente en Pensilvania en mayo de 1988. Anteriormente, Carr había huido de la Florida, donde era buscado por robo de mayor cuantía. Por un tiempo, estuvo ocultándose en los Montes Apalaches, dispuesto a matar a cualquiera que pusiera en riesgo su libertad. Poco después, se encontró con dos mujeres campistas en el Sendero de los Apalaches y les disparó a ambas; mató a una e hirió gravemente a la otra.

Al huir de aquel lugar, Carr encontró una tina abandonada para mezclar hormigón y la usó para navegar por todo el riachuelo Conodoguinet hasta la granja de Chester y Esther Weaver. Puesto que eran menonitas conservadores, la familia Weaver no tenía televisión ni radio y, por lo tanto, no habían escuchado nada sobre el asesinato. El fugitivo Carr le pidió a la familia Weaver alimentos y albergue, los cuales ellos le proporcionaron con gusto. Carr permaneció en la casa de la familia Weaver durante cinco días. Sin embargo, él no les hizo daño ni les robó. Carr se hubiera quedado más tiempo, pero finalmente la policía lo atrapó.1

La fe de carretilla

Recuerdo el relato dado por el autor cristiano y conferencista, Winkey Pratney, con relación al gran Blondin, un equilibrista increíblemente dotado del siglo diecinueve. Para demostrar sus habilidades, Blondin extendió una cuerda de 340 metros por encima de las Cataratas del Niágara. Para emoción de grandes multitudes, él caminó a través de las cataratas sobre su cuerda floja, realizando acrobacias espectaculares. A medio camino sobre la cuerda, Blondin incluso dio un salto mortal hacia atrás. Blondin no tenía ninguna malla debajo para salvarlo si se caía.

Un reportero de un periódico que había venido a presenciar el espectáculo estaba asombrado.

—Apuesto que no hay nada que usted no pueda hacer en esa cuerda floja —le dijo a Blondin.

—¿Cree usted que yo podría cruzar la cuerda empujando una carretilla? —Blondin le preguntó al reportero.

—Oh, estoy seguro que sí.

—¿Cree usted que yo podría cruzar la cuerda mientras empujo una carretilla con un hombre en ella? —Blondin preguntó de nuevo.

—¡Sin duda!

Entonces, mirando al reportero fijamente, Blondin le preguntó:

—¿Cree usted que yo podría cruzar la cuerda empujando una carretilla con usted en ella?

—Bueno, eh…

Pero de eso se trata la fe auténtica: montarse en la carretilla por Cristo. Cualquier otro tipo de fe realmente no es fe. Es simplemente palabras. La mayoría de los cristianos aceptan de buena gana que Dios es todopoderoso. Ellos proclaman que Dios está a cargo del universo. Ellos dicen que nada puede suceder fuera de la voluntad permisiva o activa de Dios. Incluso, ponen calcomanías en el parachoques de sus autos que dicen: “¡Sus ángeles velan por mí!” Pero, no, ellos no se montan en la carretilla. Ellos no confían la seguridad de sus familias a Dios.

Desgraciadamente, cada año muchas familias cristianas sufren muerte y lesiones a consecuencia de sus propias armas porque no depositaron su confianza en Dios. Uno de los episodios más desgarradores tuvo lugar hace unos años cuando un hombre y su esposa regresaron de un viaje. Su hija se estaba quedando en la casa de un amigo de la familia. Sin embargo, la hija pensó que les daría una sorpresa a sus padres y decidió entrar en la casa con anticipación y esconderse en el armario de la habitación de sus padres. Cuando sus padres entraron, escucharon un ruido en su armario. Pensando que era un ladrón, su padre sacó su pistola cargada y se acercó al armario lentamente. Cuando la puerta del armario se abrió de golpe, instintivamente el padre apretó el gatillo. Inmediatamente se dio cuenta de que era su hija, pero era demasiado tarde. Ella murmuró: “Te amo, papito”, y cayó muerta.

Este no fue un suceso poco común. Es veintidós veces más probable que un arma en el hogar mate a un familiar o amigo que a un intruso.2 Al mal se le puede hacer frente con métodos menos peligrosos que las armas.

Hace algunos años, unos cristianos amigos míos, Decio y Olivia, estaban hospedados en un motel en Atlanta. En la ciudad habían ocurrido algunos robos a mano armada y asesinatos. Los asaltantes les ordenaban a sus víctimas ponerse boca abajo en el suelo y luego les disparaban en la cabeza. De modo que Decio estaba en guardia.

Era una noche templada de octubre, y Decio y Olivia habían dejado abierta momentáneamente la puerta de su habitación porque esperaban a un amigo. De repente, dos delincuentes adolescentes y con armas aparecieron en la puerta. Ellos les ordenaron a todos que se acostaran en el piso. Decio vaciló y luego se arrodilló, orando y tratando de pensar en una manera de frustrar el robo.

Su esposa, Olivia, creyendo que era una travesura en la víspera del día de Todos los Santos, se quedó sentada en la cama. Entonces uno de los ladrones jóvenes la apuntó con su arma y le ordenó que se acostara en el piso. En lugar de hacerlo, ella comenzó a cantar en voz alta “Cristo me ama”, mientras se paraba de la cama y caminaba lentamente hacia donde se encontraban los dos jóvenes. Uno de ellos levantó su pistola, la apuntó al rostro, y la cargó. Pero ella continuó cantando y acercándose a él. De repente el joven le gritó a su compañero: “¡Éstos son un par de chiflados por Cristo! ¡Vámonos de aquí!” Y diciendo aquello, los dos jóvenes desaparecieron en la oscuridad.

A través de los años, yo he escuchado y leído muchas otras historias de como una oración, un himno, o un testimonio ha desarmado de manera eficaz a ladrones o asaltantes. No tiene sentido cantar “Asombroso Dios”, si de veras no creemos que él lo sea.

Pregunta

“Pero, ¿qué de Hitler?”, me preguntan a menudo.

En realidad, esa es mi pregunta para los cristianos que rechazan la no resistencia: “Pero, ¿qué de Hitler?” Porque si todos los cristianos hubieran practicado lo que Jesús enseñó, Hitler no habría sido capaz de hacer las cosas que hizo. ¿Por qué? Porque la mayoría de los soldados en el ejército de Hitler eran cristianos profesos. Ellos se habían unido voluntariamente o habían sido reclutados por el ejército alemán, y se encontraban sirviendo a su país al igual que los soldados cristianos británicos y norteamericanos que luchaban contra ellos. Si los cristianos hubieran permanecido fieles a los mandamientos de Jesús, el mal de Hitler nunca habría sucedido. Él hubiera contado con pocos soldados para llevar a cabo sus planes.

Si todos los cristianos se apegaran a las enseñanzas de Jesús, tal vez no habrían guerras. Este no es un sueño infundado. La Pax Romana así lo demostró. La Pax Romana es el nombre dado por los historiadores seculares al período de paz disfrutado por el Imperio Romano desde el 27 a. de J.C. hasta el 180 d. de J.C. La Pax Romana fue el período más pacífico que haya conocido el Imperio Romano. De hecho, es el período de paz más largo que el mundo mediterráneo haya conocido desde el comienzo de la civilización europea hasta nuestros días. Durante la Pax Romana, el Imperio no sufrió ni una sola invasión exitosa de sus fronteras. Hubo unas pocas sublevaciones nacionales, como las de los judíos. Pero no hubo guerras civiles entre los romanos.

¿Qué fue lo que dio lugar a la Pax Romana? ¿Los poderosos ejércitos de Roma? No, esos poderosos ejércitos todavía existían en los siglos IV y V cuando ya no había paz. Y fue en los siglos IV y V que los bárbaros finalmente pudieron invadir al Imperio de manera exitosa.

¿Fue la Pax Romana el resultado de los buenos gobernantes de ese tiempo? A decir verdad, durante ese período gobernaron algunos emperadores muy capaces, tales como César Augusto y Marco Aurelio. Por otra parte, también encontramos dementes y monstruos morales como Calígula, Nerón y Domiciano. No obstante, incluso durante los reinados de estos maniáticos, los romanos tuvieron paz.

¿Qué, pues, fue realmente lo que diferenció el período de la Pax Romana de otros períodos del Imperio? Los historiadores seculares no tienen una respuesta clara al respecto. Sin embargo, en mi opinión, la diferencia estaba en que Dios había introducido la paz en el mundo mediterráneo; la paz en la que su Hijo, el Príncipe de Paz, habría de nacer. Creo que Dios obró esa paz sin la ayuda de ningún ejército humano. Y creo que los cristianos posteriormente mantuvieron esa paz por medio de sus vidas pacíficas y no resistentes y mediante sus oraciones, no por medio del uso de la espada para defender el Imperio.

Pero esta no es simplemente mi opinión personal. Los cristianos primitivos que vivieron cerca del período de la Pax Romana también tuvieron la firme convicción de que la Pax Romana fue el resultado de la intervención de Dios. Por ejemplo, Orígenes dijo a los romanos: “¿Cómo fue posible que la doctrina de paz del evangelio, la cual no le permite a los hombres vengarse ni siquiera de sus enemigos, prevaleciera en toda la tierra, a menos que a la llegada de Jesús hubiera sido introducido un espíritu más apacible?”.3

Otro escritor cristiano primitivo, Arnobio, escribió: “No sería difícil demostrar que [después que se escuchó el nombre de Cristo en el mundo], las guerras no se incrementaron. De hecho, en realidad disminuyeron en gran medida al ser contenidas las pasiones violentas. (…) A consecuencia de esto, un mundo ingrato ahora está disfrutando, y ha disfrutado durante un largo período, de un beneficio dado por Cristo. Ya que por medio de él, la furia de la crueldad brutal ha sido debilitada y las manos hostiles han comenzado a apartarse de la sangre del prójimo. De hecho, si todos los hombres, sin excepción (…) prestaran atención por un momento a sus normas pacíficas y provechosas, (…) el mundo entero estaría viviendo en la más pacífica tranquilidad. El mundo habría cambiado el uso del acero por usos más pacíficos y se habría unido en santa armonía, manteniendo intacta la inviolabilidad de todo tratado.”4

La defensa de un país mediante la no resistencia

En la actualidad, muchos cristianos profesos critican a los cristianos del reino por no tomar las armas y defender a su país. Curiosamente, los paganos criticaban de la misma manera a los cristianos primitivos, quienes se negaron a defender al Imperio Romano con la espada. En respuesta a estos críticos paganos, Orígenes escribió:

Nuestras oraciones derrotan a todos los demonios que provocan la guerra. Esos demonios también hacen que las personas violen sus juramentos y alteren la paz. Así pues, de esta manera, nosotros somos mucho más útiles a los reyes que aquellos que van al campo de batalla para pelear por ellos. Y también tomamos parte en los asuntos públicos cuando sumamos los ejercicios de abnegación a nuestras oraciones y meditaciones justas, las cuales nos enseñan a despreciar los placeres y a no dejarnos llevar por ellos. De manera que nadie lucha mejor por el rey que nosotros. En realidad, nosotros no peleamos bajo su mando, aun si nos lo exigiera. Sin embargo, peleamos a su favor, formando un ejército especial, un ejército de santidad, por medio de nuestras oraciones a Dios.

Y si él deseara que “dirigiéramos ejércitos en defensa de nuestro país”, sepa que también hacemos esto. Y no lo hacemos con el objetivo de ser vistos por los hombres o por vanagloria. Ya que en secreto, y en nuestros corazones, nuestras oraciones ascienden a favor de nuestro prójimo, como si fuéramos sacerdotes. De manera que los cristianos son benefactores de su país más que las demás personas.5

¡La completa dependencia de Dios funcionó! Dicha dependencia tuvo resultados poderosos. Trajo consigo el más largo período de paz que haya existido en el mundo mediterráneo desde el comienzo de la civilización. Si pudo funcionar allí contra todos los partidarios de la guerra del mundo mediterráneo antiguo, también hubiera funcionado para detener a Hitler. De hecho, como ya hemos debatido, Hitler ni siquiera habría llegado al poder.

Pero alguien pudiera objetar: “¿Nunca ha escuchado usted que ‘lo único que se necesita para que prevalezca el mal es que los hombres buenos no hagan nada’?” Ah, esa es precisamente la esencia de todo el problema. A pesar de nuestras palabras piadosas sobre la fe y la confianza, la verdad es que la mayoría de los cristianos tienen el recurso de la oración como algo equivalente a “no hacer nada”. Ya sea que lo admitan o no, la mayoría de los cristianos creen que si no toman las armas para detener el mal, ninguna otra cosa lo detendrá.

Sin embargo, ¿qué tal si hoy todos los cristianos profesos vivieran de una manera no resistente, amando a sus enemigos? ¿Qué tal si toda la Iglesia sinceramente pusiera su fe en Dios como el Protector del género humano, y de veras creyera en la eficacia de la oración? Toda la iglesia hizo esto en los tres primeros siglos, y el resultado fue paz en el mundo en que vivían. No me cabe la menor duda de que tendríamos una nueva Pax Europa o Pax Americana si la Iglesia hiciera lo mismo hoy.

El mal nunca podrá ser derrotado con el mal, como tampoco un error puede corregirse con otro error. Satanás no puede ser echado fuera por los medios de Satanás. Seguir las enseñazas de Cristo es la única resistencia eficaz contra el mal.

Pregunta

Pero, ¿no es cierto que las palabras de Jesús se refieren solamente a la venganza realizada por cuenta propia, y no a las acciones respaldadas por el estado?

Algunos cristianos sostienen que pagar mal por mal como individuos es incorrecto. Sin embargo, si lo hacemos bajo la autoridad del estado, no violamos la enseñanza de Jesús. Este argumento me hace pensar en el panfleto escrito por Adin Ballou, titulado How Many Men Are Necessary to Change a Crime into a Virtue? (“¿Cuántos hombres son necesarios para transformar un crimen en una virtud?”) En el mismo, él pregunta:

¿Cuántos son necesarios para anular los mandamientos de Dios y hacer legítimo algo que él ha prohibido? ¿Cuántos son necesarios para metamorfosear la maldad en justicia? Un solo hombre no debe matar. Si lo hace, es asesinato. Dos, diez, cien hombres no deben matar. Si lo hacen, sigue siendo asesinato.

Pero un estado o nación puede matar a tantos como desee, y no es asesinato. Sencillamente es necesario, encomiable y correcto. Sólo consiga que suficientes personas estén de acuerdo, y la matanza de miríadas de seres humanos es perfectamente justificable. Pero, ¿cuántos son necesarios? Esa es la pregunta.

Así es el hurto, la estafa, el robo y todos los otros delitos. El secuestro es un gran delito en un hombre o en unos pocos hombres. Pero toda una nación puede hacerlo, y el acto no sólo se vuelve inocente, sino también altamente honorable. Así que toda una nación puede robar a gran escala y perpetrar un hurto en una ciudad por medio del poder militar, sin cometer delito. Ellos pueden hacer todas estas cosas con impunidad, y convocar a los ministros de la religión para que oren por ellos. ¡Verdaderamente hay magia en las grandes cantidades! La multitud soberana puede legislar al Todopoderoso, al menos en su propia presunción. ¿Pero cuántos son necesarios?6

Si el estado me ordena que adore ídolos, ¿sería correcto? Dicho de otra manera, ¿sería incorrecto que adore ídolos como individuo, y que en cambio sería completamente correcto que los adore bajo la autoridad del estado? ¿Sería incorrecto que practique la adivinación como individuo, pero aceptable si lo hago bajo la autoridad del estado? ¿Sería pecado que yo cometiera adulterio como individuo, pero correcto si el estado me ordena que lo haga? ¿Es acaso el divorcio incorrecto para mí como individuo, pero completamente legítimo si el estado me autoriza a divorciarme de mi cónyuge?

O supongamos que un cristiano viva en un país donde el gobierno obliga a las mujeres a practicarse abortos por el bien del país. Tal vez el país está superpoblado y el gobierno decide que la mejor manera de frenar la superpoblación es mediante la reducción de la tasa de natalidad. ¿Sería, pues, lícito que una mujer cristiana asesine a su bebé por medio de un aborto? Si no lo es, ¿qué diferencia hay cuando el mismo gobierno les ordena a sus ciudadanos que vayan a la guerra y asesinen a otros?

Cuando Jesús dio sus mandamientos sobre la no resistencia y el amar a nuestros enemigos, ¿hizo él alguna distinción entre las acciones iniciadas por los individuos y las acciones respaldadas por el estado? De ninguna manera. De hecho, su enseñanza estaba suplantando una ley del Antiguo Testamento que en sí estaba relacionada a las acciones del estado, no a las privadas. Como usted recordará, Jesús comenzó su mensaje sobre la no resistencia diciendo: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo” (Mateo 5.39). Ahora bien, ¿dónde habían escuchado sus oyentes las palabras “ojo por ojo, y diente por diente”? Ellos las habían escuchado de la ley mosaica, donde aparecen en tres ocasiones.

El primer pasaje donde se encuentra esa expresión aparece en Éxodo, donde dice: “Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Éxodo 21.22–24). Por favor, note que los jueces estaban involucrados en esta acción; no se trataba de una venganza individual.

El segundo pasaje se encuentra en Levítico, con relación a un incidente donde un hombre nacido de un padre egipcio y una madre israelita había blasfemado contra Dios. Cuando los israelitas le preguntaron a Dios qué deberían hacer, él les respondió: “El que blasfemare el nombre de Jehová, ha de ser muerto; toda la congregación lo apedreará (…). Asimismo el hombre que hiere de muerte a cualquiera persona, que sufra la muerte. (…) Y el que causare lesión en su prójimo, según hizo, así le sea hecho: rotura por rotura, ojo por ojo, diente por diente; según la lesión que haya hecho a otro, tal se hará a él. (…) Y habló Moisés a los hijos de Israel, y ellos sacaron del campamento al blasfemo y lo apedrearon” (Levítico 24.16–23). ¿Está hablando este pasaje de acciones individuales? ¡Jamás! Toda la congregación de Israel debía estar involucrada en la administración del castigo.

El último pasaje se encuentra en Deuteronomio: “Cuando se levantare testigo falso contra alguno, para testificar contra él, entonces los dos litigantes se presentarán delante de Jehová, y delante de los sacerdotes y de los jueces que hubiere en aquellos días. Y los jueces inquirirán bien; y si aquel testigo resultare falso, y hubiere acusado falsamente a su hermano, entonces haréis a él como él pensó hacer a su hermano; y quitarás el mal de en medio de ti. (...) Y no le compadecerás; vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie” (Deuteronomio 19.16–21). Una vez más, este pasaje no se refiere a una forma individual de justicia. Tanto los sacerdotes como los jueces estaban involucrados.

Así que, el contexto de la enseñanza de Jesús sobre la no resistencia era el castigo judicial y nacional, no la venganza individual. Eso es, en realidad, lo que representaba el estándar de “ojo por ojo”. Y la enseñanza de Jesús reemplazó ese estándar.

Pregunta

Pero, ¿no podemos tener dos personalidades? Cuando llevo el uniforme del ejército y soy parte del ejército de los Estados Unidos, no soy yo, el individuo, quien mata. Es el gobierno de los Estados Unidos. Y al gobierno se le ha encargado la espada por Dios, conforme a Romanos 13.

Este argumento parece aceptable sólo porque la mayoría de los cristianos aún no son capaces de ver el reino de Dios como un gobierno existente y verdadero.

A modo de ilustración, supongamos que un ciudadano norteamericano estuviera viviendo en Alemania en los años 1930. Y luego supongamos que el ejército alemán lo reclutara. (Sí, los gobiernos tienen el poder de reclutar a residentes que no sean ciudadanos.) Digamos que este norteamericano aceptó ser reclutado por el ejército alemán y que posteriormente mata a sus conciudadanos norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, supongamos que a la larga él fuera capturado por las fuerzas norteamericanas y llevado a juicio.

Supongamos que en su juicio este norteamericano presentara la siguiente defensa: “Yo sé que hubiera sido incorrecto que yo, como ciudadano norteamericano, tomara armas contra mis conciudadanos. Sin embargo, fui reclutado por el ejército alemán y ya no fui yo, el ciudadano norteamericano, quien mató a otros norteamericanos. Fue el gobierno alemán que estaba dirigiendo una guerra lícita contra los Estados Unidos.”

¿Cree usted que el pueblo y el gobierno de los Estados Unidos aceptarían ese pretexto? ¡Por supuesto que no! Entonces, ¿por qué nos imaginamos que Jesús sí aceptaría semejante pretexto?

Una situación similar a mi ilustración tuvo lugar hace poco en la vida real. Hace unos pocos años, el gobierno de los Estados Unidos dirigió una guerra contra el régimen talibán de Afganistán. Durante la guerra, el ejército de los Estados Unidos capturó a un ciudadano norteamericano llamado John Walker Lindh, quien se había aliado a los soldados talibanes. Ahora bien, supongamos que el señor Lindh hubiera hecho la siguiente defensa en su juicio:

“Yo, John Walker Lindh, como individuo y ciudadano norteamericano, nunca haría nada que perjudique a otro norteamericano. Sí, es cierto que me uní al ejército talibán. Pero cuando yo me alié, ellos no estaban en guerra con los Estados Unidos. Cualquier acción que yo haya realizado después de eso no fue mía, sino del gobierno talibán. Yo no luché contra los Estados Unidos como individuo. Simplemente luché como parte del gobierno talibán. Por tanto, soy inocente.”

¿Cree usted que un tribunal norteamericano hubiera aceptado eso? Creo que no.

Los cristianos que rechazan la no resistencia, en efecto desean que Jesús se subyugue al César. Ellos quieren que Jesús reconozca que sus leyes pueden ser violadas si el César lo exige de las personas. Pero, ¿estaría el César dispuesto a hacer lo mismo? ¿Acaso nos permitiría el César violar sus leyes si Jesús se lo exigiera?

En respuesta a esa pregunta, supongamos que el señor Lindh hubiera hecho la siguiente defensa: “Yo, John Walker Lindh, el ciudadano norteamericano, nunca haría nada que perjudique a otro norteamericano. Por supuesto, ¡eso sería incorrecto! Si yo luché contra los Estados Unidos en Afganistán, lo hice simplemente como John Walker Lindh, el musulmán. Mi fidelidad a Alá me exige que mate a todos los infieles. Por tanto, como miembro del Islam, yo maté a los norteamericanos. Pero hice esto simplemente como parte de la comunidad islámica internacional, no como individuo ni como norteamericano. Por tanto, soy inocente.”

¿Qué cree usted? ¿Habría funcionado semejante defensa? Por supuesto que no. El gobierno de los Estados Unidos no les permite a sus ciudadanos, sin importar cuáles sean sus creencias religiosas, que se maten los unos a los otros. Si alguien mata a otro norteamericano, será acusado de asesinato. El hecho de que su religión se lo haya exigido no lo exonerará.

Si nuestro gobierno no les permite a sus ciudadanos matarse los unos a los otros debido a sus diferencias religiosas, ¿por qué suponemos que Jesús sí permitirá que sus ciudadanos se maten los unos a los otros debido a diferencias políticas o nacionales?

Notas finales

1  De una entrevista del autor con la familia Weaver y de un artículo titulado “Mountain Man Arrested,” publicado en The Sentinel (Carlisle, PA: 25 de mayo de 1988) 1–2.

2  Arthur Kellermann, MD, New England Journal of Medicine, 1998, citado en http://goodsforguns.org.

3  Orígenes Against Celsus, libro II, cap. 30; ANF, Tomo IV, 444.

4  Arnobio Against the Gentiles, libro I, párr. 6; ANF, Tomo VI, 415.

5  Orígenes Against Celsus, libro VIII, cap. 73; ANF, Tomo IV, 667–668.

6  Ballou, “How Many Does It Take,” en http://www.adinballou.org/HowMany.shtml.

Leer Capítulo 10 -- Pero, ¿no dicen las escrituras que…?

El reino que trastornó el mundo - Introducción

Primera Parte

El reino de valores trastornados

¿Guerra santa?

El reino al derecho

Un reino de otra naturaleza

¿Has hecho ya el compromiso del reino?

Un cambio en nuestro concepto de las riquezas

Un nuevo estándar de honradez

Las leyes del reino sobre el matrimonio y el divorcio

Segunda parte

El gran tropiezo

¿Amar a mis enemigos?

Pero, ¿qué tal si…?

10  Pero, ¿no dicen las escrituras que…?

11  ¿Qué tal de los reinos del mundo?

12  La vida bajo la influencia de dos reinos

13  ¿Soy yo de este mundo?

14  ¿Nos hace esto activistas en pro de la paz y la justicia?

15  ¿Ha vivido alguien así en la vida real?

16  ¿Es este el cristianismo histórico?

Tercera parte

¿Cuál es el evangelio del reino?

17  El camino de Jesús a la salvación

18  Cómo entrar en el reino

19  No hay lugar para fariseos

20  El reino no puede permanecer en secreto

Cuarta parte

Nace un híbrido

21  ¿Qué le pasó al evangelio del reino?

22  El reino de la teología

23  ¿Acaso estaba Dios cambiando las reglas?

24  Cómo desaparecieron las enseñanzas de Jesús

25  La era de oro que nunca tuvo lugar

26  Agustín: apologista del híbrido

27  ¡Falsificación en el nombre de Cristo!

Quinta parte

Cuando ser un cristiano del reino era ilegal

28  El reino clandestino

29  Los valdenses

30  Una corriente alternativa

31  Los valdenses se encuentran con los reformistas suizos

32  La nueva Sion en Ginebra

33  La bandera del reino se levanta de nuevo

34  Ahora nos toca a nosotros


Bibliografía