Navegación

Libros

Tratados

Música

Prédicas

Estudios bíblicos

Himnario Digital

Cursos por correspondencia

Boletín Hijos del Reino

La conversión-regeneración espiritual

“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma” (Salmo 19.7).

La doctrina de la conversión cristiana es un tema prominente en las enseñanzas de Cristo y de sus discípulos. Cuando una persona se convierte quiere decir que la misma ha cambiado. Convertirse quiere decir “dejar de ser una cosa para ser otra” (Diccionario de uso del español, María Moliner).

La doctrina de la conversión

Nosotros “éramos por naturaleza hijos de ira” (Efesios 2.3). Desde la antigüedad se nos casó con nuestros ídolos como el caso de Efraín. Para volver a Dios es necesario que haya una transformación; un cambio en nuestra mentalidad, en los deseos de nuestro corazón y en nuestra actitud hacia Dios y hacia el pecado. A nosotros nos es necesario experimentar un cambio completo en nuestras vidas de manera que agrademos a Dios al estar en armonía con su palabra. Cuando un pecador se arrepiente, Dios hace la obra de convertirlo en un cristiano. Los pecados que el pecador una vez amó ahora aborrece y las cosas buenas de Dios que antes aborreció ahora las ama. La conversión es una transformación completa: un amor nuevo en el corazón y una vida nueva en el alma.

Si no hay cambio, no hay conversión

Ésta es la conclusión inevitable a la que arriba el que con diligencia estudia este tema en la Biblia. Para ilustrar esto de una manera diferente lo haremos de la siguiente forma: Un bosque pantanoso puede ser convertido en un terreno fértil para el cultivo; la arena silícica se convierte en un vidrio claro con el cual se fabrican los parabrisas; el agua se convierte en vapor. En cada caso hay un cambio esencial que produce entonces la conversión.

También ocurre un cambio esencial que convierte al pecador en un hijo de Dios. Hay un cambio de mentalidad, de los deseos del corazón y de vida en esa persona. Sin tal cambio, aunque el incrédulo se afile a una congregación de creyentes, no será un hijo de Dios. Para estar en Cristo Jesús nada sirve a menos que la persona llegue a ser “una nueva creación” (Gálatas 6.15). Y cuando esa “nueva creación” existe por dentro, la persona manifestará por fuera una “vida nueva” en Cristo Jesús (Romanos 6.4). “Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12.34). “La fe sin obras está muerta” (Santiago 2.26). “Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” (Romanos 6.2). Cuando uno se convierte al Señor cambia sus caminos, desecha todos los hábitos pecaminosos y manifiesta los frutos de una vida justa en su andar diario.

Hay personas que dicen que se han convertido al Señor, pero con sus hechos lo niegan. Su lengua no ha sido limpiada de inmundicia y blasfemia, su orgullo sigue siendo parte de su vida diaria, su conducta es la misma de todos los días, sus negocios son tan fraudulentos como antes, su forma de vestir es tan mundana como las modas del mundo y siguen viviendo en los placeres pecaminosos que antes vivían. Concluimos, pues, que como no hay un cambio por fuera, tampoco ha habido un cambio por dentro. Tal persona no se ha convertido al Señor. Donde hay vida adentro hay luz afuera (Mateo 5.14–16).

Ejemplos de la conversión

Podemos formular un concepto correcto de la conversión cuando notamos los cambios en la vida de las personas que se vuelven hacia Dios. Notemos algunos ejemplos:

1. La mujer en la casa de Simón (Lucas 7.36–50)

Esta mujer había sido una vil pecadora, pero habiéndose arrepentido de su iniquidad, aceptó a Cristo como su Salvador y Señor, y fue limpiada de sus pecados. Al comprender la maravillosa gracia de Dios de salvar a una persona tan miserable como ella, su gratitud y lealtad no conocieron límites. Jesús la alabó por su devoción abnegada.

2. Saulo de Tarso (Hechos 9.1–18)

Este tal vez es el ejemplo más claro que aparece en la Biblia sobre la conversión de un ser humano. Al ser convertido, Saulo dejó de oponerse al cristianismo y llegó a ser un gran defensor de la fe. Un arrepentimiento genuino, la humildad, la entrega completa, la obediencia a Dios, el deseo de aprender y la voluntad de sufrir por causa de Cristo fueron algunas de las cosas que experimentó Saulo en su vida desde el momento que se convirtió.

3. El carcelero (Hechos 16.27–34)

El carcelero era un pecador de un corazón endurecido, y estuvo a punto de suicidarse cuando reconoció el peligro en que se encontraba en aquel momento. Sin embargo, él fue guiado a la luz del evangelio por la gracia de Dios y por medio de Pablo y Silas. Él dejó de ser un perseguidor para convertirse en un amigo de los discípulos. Creyó y fue bautizado. En esta historia breve que tenemos del carcelero nosotros notamos su cambio de actitud, su deseo por abrazar la fe de Cristo y su obediencia a los mandatos del Señor.

Verdades acerca de la conversión

1. La conversión consiste en un cambio de vida y de servicio en lugar de ser un cambio de rasgos personales

Por ejemplo, piense en Saulo de Tarso. Aun después de convertirse se ve su entusiasmo, energía, valor y celo que tenía antes de su conversión. Su cambio consistió en pasar su fe del fariseísmo a Cristo, su lealtad del judaísmo a Cristo y cambiar su propia justicia por la justicia de Dios. Moralmente, la conversión significa un cambio de las normas del mundo a las del evangelio; es un cambio de las normas de Satanás a las de Dios.

2. La conversión viene al hombre por la gracia de Dios

Fue la gracia de Dios la que alcanzó cambiar el corazón de la vil pecadora en la casa de Simón. Fue la misma gracia la que envió la luz resplandeciente al enemigo de la fe cristiana en el camino a Damasco y la que envió el terremoto a la cárcel en Filipo, haciendo posible la conversión del carcelero vil. Sólo la gracia de Dios puede convertir los corazones de los que tienen la voluntad de recibir el poder transformador del Señor. Jesús dice: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6.44).

3. Las personas “buenas” no consiguen la salvación sino por la conversión

Pablo, como cualquier persona “buena”, necesitaba ser convertido por el Señor Jesucristo para obtener la salvación. Sus actividades religiosas, su obediencia cuidadosa de la ley y el celo con que se entregaba al servicio religioso eran nada más que “trapo de inmundicia” (Isaías 64.6) porque nacieron de la carne. Pablo tuvo que estimar todo lo que había logrado por motivos y esfuerzos personales como pérdida para recibir a Cristo. Él tuvo que botar su propia justicia para recibir, por la fe, la justicia de Dios (Filipenses 3.1–9). Es decir, Pablo tuvo que convertirse para ser salvo.

Es notable lo dañino y pecaminoso que es el hombre “bueno” cuando se ve a la luz de la verdad. Pablo era un hombre muy bien educado e inteligente, tenía una personalidad dominante, poseía una “buena conciencia” (Hechos 23.1) y era celoso de la ley. Sin embargo, cuando vemos todas estas buenas cualidades absorbidas en su furor contra la iglesia del Señor notamos cuán lejos de Dios andaba. A él le hacía falta una conversión cabal.

Aquel fariseo que oró en el templo y relató una lista de buenas obras que él hacía no fue justificado como lo fue el pobre publicano a su lado. Ni las buenas obras, ni los logros, ni la fama mundana, ni la grandeza pueden traernos nada bueno delante de nuestro Dios santo. Nos queda volvernos “como niños” (Mateo 18.3). Tenemos que convertirnos.

4. El arrepentimiento es parte de la conversión

La experiencia de cada converso prueba esta verdad. “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” (Hechos 3.19). En otras palabras, uno será convertido sólo si se arrepiente verdaderamente. Las personas que piensan que no necesitan arrepentirse pueden tener la voluntad de afilarse a una iglesia, pero con tal pensamiento y corazón nunca serán convertidas a Dios.

5. La palabra de Dios es un elemento esencial en la conversión

Pedro dice: “Y cuando comencé a hablar [la palabra de Dios], cayó el Espíritu Santo sobre ellos” (Hechos 11.15). Pablo dice que el evangelio de Cristo es “poder de Dios para salvación” (Romanos 1.16) y que “en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio” (1 Corintios 4.15). ¿Qué fue lo que primeramente dirigió hacia Cristo las mentes de las tres mil personas en el día de Pentecostés, al eunuco etíope, a Cornelio, a Lidia y al carcelero? Fue el mensaje de Dios lo que les hizo oír. “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma” (Salmo 19.7).

6. Dios usa a personas para mostrar a otros acerca de la conversión

En el día de Pentecostés los discípulos, llenos del Espíritu Santo, fueron usados por Dios en la conversión de tres mil personas. Toda conversión mencionada en las epístolas habla también de un siervo de Dios que ayudó en ello. “El que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5.20).

7. El momento oportuno para convertirse al Señor es cuando uno es joven

Convertirse cuando es joven tiene muchas ventajas: Hay un corazón más tierno, menos pecado de que arrepentirse, menos ofensas para corregir, menos nivel de influencia en extraviar a otras personas y, por lo general, una vida más larga de servicio cristiano. Hay muchas personas que escucharon el llamado de Dios en su juventud, pero rehusaron rendirse a él. Después llegaron a estar tan enredados en sus pecados que nunca rindieron sus corazones a Dios y murieron en sus pecados. “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos” (Eclesiastés 12.1).

8. Es Dios quien hace la obra de conversión

El hombre hace su papel, pero es Dios quien efectúa el milagro de la gracia en el corazón del mismo. Él hace el cambio maravilloso. “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer” (Filipenses 2.13). “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6.44). Nuestra parte es someternos a él y obedecerlo; Dios hace lo demás. Dios hace el llamado, el hombre se rinde y Dios acaba la obra. “El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1.6).

Resultados de la conversión

Como ya se ha declarado, la conversión significa un cambio, una transformación, una “vida nueva”. Esto es lo que la Biblia dice que pasa cuando uno se convierte verdaderamente:

1. No anda “conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”

Todo hombre que se convierte muere al pecado y vive para Dios (Romanos 6.11). Su viejo hombre es crucificado (Romanos 6.6) y se viste del nuevo hombre creado según Dios (Efesios 4.24). Ya no sirve a la carne, sino sirve a Dios. Ahora él anda como Cristo anduvo (Romanos 8.l). Antes de la conversión andaba “siguiendo la corriente de este mundo” (Efesios 2.2), “en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres” (1 Pedro 4.2); pero todo esto cambia cuando la gracia transformadora de Dios convierte al hombre y le da la visión celestial.

2. Es adoptado en la familia feliz de Dios

“Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. (...) Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8.10, 14–15).

3. Es revestido de humildad

La verdadera norma de grandeza se declara en Mateo 18.1–4. Cuando las personas se convierten a Dios las mismas llegan a ser de un corazón manso, modesto y humilde. Cristo se refiere a sí mismo como “manso y humilde de corazón” (Mateo 11.29). Sus verdaderos discípulos son como él. (Lea Filipenses 2.5–8.)

4. Es revestido de justicia

“Sion será rescatada con juicio, y los convertidos de ella con justicia” (Isaías 1.27). Cuando una persona se convierte trae su propia justicia a la cruz y en cambio recibe la justicia de Dios. Esta justicia ya no es como “trapo de inmundicia” sobre lo cual escribe Isaías (Isaías 64.6), sino la justicia verdadera de Dios que resplandece en su vida motivando a otros a glorificar a Dios. (Lea Mateo 5.14–16.)

5. Es celoso en la obra del Maestro

“Un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2.14). (Lea también 1 Pedro 2.9.) Esta es una descripción propia del pueblo de Dios en todo tiempo. Los ejemplos de la conversión verdadera han sido hombres y mujeres cuyo celo por la justicia y la verdad fue conocido por todos los que los rodeaban.

6. Disfruta del compañerismo cristiano

“Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros” (1 Juan 1.7). Las personas de este mundo tienen compañerismo con los que andan por el camino espacioso de la perdición (Mateo 7.13–14). De la misma manera, las personas convertidas tienen compañerismo con otros que andan en las huellas de Cristo. Como cristianos, nuestro compañerismo aquí es solamente una anticipación de un compañerismo eterno con Dios y con los santos en la gloria.

Doctrina de la Biblia

Introducción

La doctrina de Dios

Cap. 1 Dios, su ser, y sus atributos

Cap. 2 Dios, sus obras

Cap. 3,4 La trinidad y (4) Dios el Padre

Cap. 5 Dios el hijo

Cap. 6 Dios el Espíritu Santo

Cap. 7 El hombre

Cap. 8 Un diseño histórico del hombre

Cap. 9 El hombre en su estado caído

Cap. 10,11 El hombre redimido y (11) La muerte

Las provisiones de Dios para el hombre

Cap. 12,13 La gracia y (13) La revelación

Cap. 14 La Biblia

Cap. 15 El hogar

Cap. 16 La iglesia

Cap. 17 El gobierno civil

Cap. 18 El día del Señor

Cap. 19 Los ángeles

El reino de las tinieblas

Cap. 20 El diablo, Satanás

Cap. 21 Satanás y los que están bajo su dominio

Cap. 22 El pecado

Cap. 23 La incredulidad

La doctrina de la salvación

Cap. 24 La expiación

Cap. 25 La redención

Cap. 26 La fe

Cap. 27 El arrepentimiento

Cap. 28 La justificación

Cap. 29 La conversión

Cap. 30 La regeneración

Cap. 31 La adopción

Cap. 32 La santificación

LA DOCTRINA DE LA IGLESIA

Cap. 33 La iglesia cristiana

Cap. 34 Los pastores de la iglesia

Cap. 35 La congregación

Cap. 36 Unas ordenanzas cristianas

Cap. 37 El bautismo

Cap. 38 La santa cena

Cap. 39 El lavatorio de los pies

Cap. 40 El velo de la mujer cristiana

Cap. 41 y 42 El ósculo santo y La unción con aceite

Cap. 43 El matrimonio

La vida cristiana

Cap. 44 El servicio cristiano

Cap. 45 La oración

Cap. 46 La obediencia

Cap. 47 La adoración

Cap. 48 La abnegación

Cap. 49 La separación del mundo

Cap. 50 La no resistencia

Cap. 51 El juramento

Cap. 52 El amor

Cap. 53 La pureza

Cap. 54 La humildad

Cap. 55 La esperanza del cristiano

La doctrina del futuro

Cap. 56 La segunda venida de Cristo

Cap. 57 La resurrección

Cap. 58 El juicio

Cap. 59 El infierno

Cap. 60 El cielo