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La prueba de la muerte y la resurreción de Jesús

Primeramente, voy a declarar algo. La vida cristiana es una prueba de la muerte y la resucitada vida de Jesús. Una vida que no demuestra tal prueba no es una verdadera vida cristiana. Los versos que he seleccionado para este estudio son 2 Corintios 4:10,11.

En la primera frase del verso 10 encontramos las palabras, "llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús". Y la primera frase del verso 11 dice, "Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús". Cristo se entregó a Sí mismo a la muerte por nuestra causa. En la misma manera, debemos entregarnos a nosotros mismos por Su causa. Debemos llevar en nuestros cuerpos, o sea en nuestras vidas cotidianas, la muerte y la resurrección de Jesús. El mismo apóstol dijo, "Con Cristo soy juntamente crucificado". (Gá. 2:20) Cuando seamos muertos con Cristo y seamos resucitados a una vida nueva en Él, entonces la vida de Cristo se manifestará, o se revelará, "en nuestros cuerpos", que quiere decir en nuestras vidas diarias. Una versión del inglés traduce este verso así: "Para que en nuestras vidas sea mostrado claramente que Jesús vive". Otra versión dice: "Para que la vida de Jesús sea exhibido en nuestros cuerpos" y "en nuestros naturalezas mortales" (verso 11).

Cuando el apóstol fue "crucificado juntamente con Él", en aquel momento Cristo empezó a vivir en él, y desde entonces Pablo dio la prueba que Jesús vive. Para nosotros demostrar la vida de Cristo, o sea, exhibir claramente que Jesús vive, tenemos que ser crucificado con Él primero. Tenemos que llevar en nuestra vida humana, diariamente, la muerte de Jesús por medio de morirse diariamente con Él. (Véase Ro. 6:8) La vida diaria de un cristiano es tanto la prueba de la muerte como la prueba de la vida de Cristo. La vida que no demuestra la muerte de Cristo ni puede demostrar la vida de Cristo.

Un joven impío fue a vivir con su tío. Ese tío tenía una hija. El joven y su prima asistían regularmente las fiestas, los bailes y los teatros. Después de un tiempo, la jovencita fue a una escuela. Allí asistió una reunión donde se predicó el evangelio y ella se convirtió. La próxima noche después de la vuelta a la casa de su papá, su primo le pidió que le acompañase a una fiesta. La jovencita rehusó. La próxima noche él invitó a ella que le acompañase al baile. Otra vez ella rehusó. La próxima noche fue invitada la jovencita a asistir al teatro por su primo. Su respuesta fue que no quiso ir ella, porque para ella no más se encontraba el placer en tales diversiones.

Su primo le dijo a ella, "Me parece que tú eres como una muerta".

"Yo estoy muerta", replicó la jovencita.

"Lo haces así", dijo su mundano primo.

Antes de todo esto, la jovencita se sujetó a tiempos de oscuridad, lobreguez y sombra. El teatro y baile no pudieron curarle. Después de su conversión a Cristo, ella era rayos de gozos y alegrías. Una cierta mañana, mientras cantaba ella un himno alegramente, su primo le dijo, "Me parece que tú estás bien viva esta mañana".

"Yo estoy viva en Jesús", le replicó a él con alegría. Luego, le dijo que como Cristo fue resucitado de la muerte, también ella había levantado a una vida nueva en Él. La respuesta de él fue que nunca había creído él la historia de la muerte y la resurrección de Cristo antes, pero "Ya creo, porque veo ambas en ti".

Una mujer que vivía en una comunidad muy mundana e impía aceptó a Jesucristo como su salvador. Su familia le dijo que ella estaba muerta a ellos y por esto iban a tener un funeral por ella. Les replicó la mujer, "Conozco que yo estoy muerta al mundo y que el mundo me está muerto, pero estoy viva en Cristo."

La familia trinchó una figura de madera, cavó un sepulcro, llevó la figura al sepulcro, tuvo un servicio funeral y sepultó la figura. Así testificaron ellos que la mujer cristiana estaba muerta a ellos.

Los cristianos dan prueba de la muerte de Cristo por medio de estar muerte con Él. Como cristianos, mostramos la muerte de Cristo por nuestra templanza en el comer y el beber, comiendo y bebiendo para la gloria de Dios, y no para el agradecimiento de los deseos carnales. Un ministro del evangelio que era templanzoso en el comer y el beber dio el siguiente testimonio por medio de su templanza: era un hombre que vivía cerca de Dios. Cuando no entramos con el mundo en sus palabras deshonestas, sus necedades ni sus truhanerías, (Ef. 5:4) damos prueba de la muerte de Cristo y nuestra muerte juntamente con Él. También mostramos la muerte de Cristo en nuestras vidas por medio de nuestra manera de vestirnos. ¿No revela la vestidura de muchos "cristianos" que no están muertos al mundo, sino en verdad están bien vivos a los deseos del mundo?

Nosotros, como cristianos, damos prueba que Jesús vive por medio de nuestra vida cotidiana. Igual que un vendedor no sólo debe decir cuán bueno es su producto, sino también necesita demostrarlo, así nosotros necesitamos predicar Cristo y también vivir como Cristo vivió.

Una mujer impía que vivía frente de una mujer cristiana dijo jactanciosamente que ella iba a forzar que su vecina cristiana perdiese su religión. Un cierto día la mujer cristiana lavó su ropa y la colgó sobre una línea para secarse. Luego fue a visitar a otra vecina enferma. Mientras estaba allí, vio a su vecina impía cruzar la calle y cortar la línea, haciendo caerse la ropa limpia al suelo. Volviendo a su casa un poco después, la cristiana empezó a recoger su ropa sucia cantando,

"Jesús es todo el mundo a mí,

Mi vida, mi gozo, mi único..."

El próximo día la mujer impía colgó su propia ropa para secarse. Mientras que colgaba la última ropa sobre la línea, se rompió la línea y toda la ropa se cayó al suelo. Al ver esto, la mujer cristiana instantáneamente fue a ayudar a su vecino, arreglando la línea, lavando la ropa y colgándola sobre la línea de nuevo. La vecina impía testificó después que la mujer cristiana tenía un sobrenatural poder que le impulsó comportarse así, diciendo, "Yo quiero tal poder en mi vida."

Igual que un artesano Japonés grabó el rostro de su dios en un espejo, así nosotros debemos reflejar a Jesús al mundo. Cuando brillan los rayos del sol sobre ese espejo, se reflejaba el rostro de su dios por el muro. Así debemos mostrar al mundo la resurrección de Jesús, mientras andamos en la luz de su verdad. La vida de Cristo se ve por acá y allá, reflejada por nuestras andar.

Una mujer pagana dijo acerca de Adonirom Judson, misionero a Burma, "Yo he visto a uno de los hijos de Dios." Esto dijo ella por razón de la benignidad, la mansedumbre y el amor que se manifestaban en su vida. ¿Vives tú así, tal que el mundo puede decir, mirando tu vida, que eres un verdadero hijo de Dios?

El apóstol dijo, "Cristo vive en mí." Dio una prueba completa de esto en su manera de vivir. En Salmo 72 hay una pequeña palabra que debe ser el mote de cada cristiano. Puede ser que has leído este Salmo muchas veces, pero puede ser también que has pasado por alto esta pequeña palabra. Es la primera del verso 15: "Vivirá". Esta fue dicha acerca de Salomón como una sombra de Cristo. La resolución de cada cristiano sincero debe ser- "para mí el vivir es Cristo". La vida de Cristo se revelará a sí misma por medio de mi vida. Entonces, mi vida dará testimonio al mundo que Jesús vive. Cuando te engañe alguien, dejes Cristo vivir en ti. Cuando te vitupere alguien, dejes Cristo vivir en ti. Cuando te falsifique alguien, dejes Cristo vivir en ti. Cuando el ángel de muerte venga por su amado, dejes Cristo vivir en ti. Cuando Dios pida sus bienes, dejes Cristo vivir en ti. Si quieres las riquezas del cielo, dejes a Cristo tener Su voluntad con tus riquezas terrenales.

Hay una bella cuenta acerca de un ángel con una vasija de bendiciones, buscando para dársela a quien mereciera. Por fin, la vasija fue dada a una viuda pobre que practicaba la abnegación toda su vida por la gloria de Dios. Si quieres las bendiciones del cielo, practica la abnegación. Cuando te tente a maldecir a alguien, dejes Cristo vivir en ti. Cuando estás listo para hablar del malo en otra persona, piensa bien en lo que haría Jesús.

Un artista pintó una pintura grande en el centro de la media naranja de una iglesia. Mucha gente miraba arriba a la pintura hasta que se dolieron sus cuellos. Un cierto día un hombre observaba tan cansados estaban los cuellos de los miradores. Él buscó un modo para aliviar el problema. Por fin, colocó un espejo grande en el piso de la iglesia en tal manera que la gente podía mirar por abajo en vez de arriba. Ya la gente no necesitaba lastimar sus cuellos, mirando arriba. Solamente necesitaban mirar abajo al espejo, lo cual era más cómodo. En la misma manera, la gente de este mundo puede mirarnos que están abajo para poder ver a Jesús. Si nosotros reflejamos la imagen de Jesús, los perdidos pueden ver la muerte y la resurrección de Jesús en nosotros- ¡sin ver a Jesús mismo! ¡Ojalá que todos puedan ver a Jesús en todos los detalles de nuestras vidas cotidianas!

--C.E.O.